jueves, 17 de noviembre de 2016

Entresueño



Me había despertado más temprano, cuando Joaco se levantó. Como llovía mucho y se suspendía la excursión de Ramiro decidí dormir un poco más. 

Volvió a sonar el despertador y apreté la opción "posponer". Medio despierta, medio dormida, en medio de esa semi oscuridad por la mañana lluviosa escucho una voz bajita que dice “¿qué pasa Rami? Seguro que fue porque llovía... Bueno, me voy a trabajar” y sentí cómo se cerraba la puerta de casa. 

Al instante lo tenía a Ramiro en mi cama y yo le decía que como llovía no habíamos ido al Labardén. “Si, ya sé, me dijo tu mamá”. Entonces volvió a sonar otra vez el despertador.

Era su voz.

(Publicado en mi muro de facebook, el 17/11/15)

domingo, 21 de agosto de 2016



 El  22 de agosto de 1986, mi viejo escribía las últimas palabras de su libro, que sería la introducción a la lectura de “Como los nazis, como en Vietnam”. 30 años después el texto no pierde vigencia y es un manifiesto que nos posiciona de manera permanente frente a la historia de nuestro pueblo.

 


Una explicación

La historia no es más que la historia de la lucha de clases. Y la historia argentina, la del genocidio contra el pueblo, aún antes de haberse constituido como Nación: aniquilación de la población indígena durante la Colonia, de los negros durante las guerras de la Independencia; de los montoneros del interior en la represión bárbara de la “civilización”. Masacres obreras en la Semana Trágica en 1919, en la Patagonia rebelde, en los bosques y obrajes de La Forestal. Matanzas durante la Década Infame; tras 1955 con la “revolución fusiladora”; en Córdoba, en Rosario, en las puebladas contra otra tiranía; en Trelew; en Ezeiza; en todo el país sometido a la furia asesina de la AAA.

Este trabajo nació en las columnas del Diario de las Madres de Plaza de Mayo, entre diciembre de 1984 y agosto de 1986, pues su base informativa son los artículos publicados durante ese lapso, dedicados a revelar los entresijos de la represión ilegal ejercida por la dictadura oligárquica entre 1976 y fines de 1983. Impulsado por el admirable ejemplo de las Madres, amplié estas notas para lo que debí revisar variada documentación y prolongar las investigaciones, aún con menguados medios y tiempo, sin otra colaboración que el estímulo brindado por los compañeros, que aquí agradezco.

Sin embargo, es justo que explique que este libro –y el modesto aporte que significa, si lo significa– reconoce también otros orígenes: los sombríos días de 1976 y 1977, en el mismo transcurso de las tareas de la Resistencia; el trabajo voluntarista e intransigente del exilio; las memorables jornadas de lucha popular contra la dictadura.

Desde mi punto de vista personal, mi aspiración máxima es que el resultado de esta labor aporte un humilde grano de arena en la justa lucha por los 30.000 detenidos-desaparecidos, y al juicio y castigo de los culpables, cuyos nombres y apellidos –acaso por vez primera– aparecen reunidos en un libro, vinculados a los campos de concentración donde ejercieron sus sevicias. Por cierto la nómina es incompleta. Creo, sin embargo, que constituye una buena base para seguir investigando y denunciando los crímenes cometidos, tarea que debe ser colectiva y responsabilidad ineludible de las fuerzas populares.

No hay problema mayor en la sociedad argentina que la respuesta a la pregunta: “¿Dónde están los desaparecidos?”. Ni cobardía y complicidad más humillante que buscar excusas. O proponer que el olvido tape la memoria y reclamar, en nombre de la “unidad nacional”, la reconciliación entre víctimas y victimarios, como algunos desfachatados se atreven a sostener.

Si el pueblo argentino acepta los desvíos, las chicanas jurídicas, la solidaridad irrestricta de las clases dominantes con los genocidas; si no coloca el tema de los desaparecidos en el centro de su actividad política; si los partidos populares y los sindicatos con direcciones democráticas no incluyen en su programa el castigo a los asesinos, no serán ni las dictaduras, ni el gobierno, ni siquiera la oligarquía las que pongan “punto final”. Desgraciadamente –y malos años aguardarán entonces a nuestra patria– serán la pasividad popular y  la complacencia de los dirigentes las que conviertan la impunidad actual en elemento histórico.

La cuestión del genocidio divide a la sociedad en dos bloques nítidos: por un lado, quienes reclamamos justicia; enfrente: los represores y quienes, concientemente o no, sirven a su prepotencia.

El coraje civil de las Madres de Plaza de Mayo muestra un camino. No es fácil ni cómodo. Es digno. Y la vida no tiene sentido sin dignidad, sin justicia, sin libertad, sin amor. Las Madres ya nos han enseñado que vivir es luchar. Y luchar es soñar.

Alipio Eduardo Paoletti
Buenos Aires, 22 de agosto de 1986
De su libro “Como los nazis, como en Vietnam”

lunes, 1 de agosto de 2016

De solidaridad y exilio

Por Ana Paoletti

Ayer por la tarde bajé, como casi todos los días, al sótano para tomar unos mates con los compañeros de trabajo. Suele ser un alto en la jornada que nos permite reunirnos, charlar, bromear, conspirar. 

Cuando llegué solo estaba Tato en compañía de una persona que no conocía. Tato nos presentó y me retiré para que siguieran conversando. Cuando ya iba en mitad de la escalera escucho que el visitante me llama: "Paoletti, Paoletti".Vuelvo.Entonces me cuenta que lo conoció al papi, en Madrid.
"En realidad sólo hablé con él una vez, pero guardo un lindo recuerdo. Mi mujer estaba embarazada y además teníamos a mi hijo mayor chiquito. Vivíamos en un sótano, una oficina, de prestado, sin un mango cuando mi partido me manda a Cuba a hacer un curso. Mi mujer queda en Madrid, sin un mango. No sé cómo tu viejo supo pero se encargó de llevarle leche y comida para ella y mi pibe. Al regreso de Cuba un día nos cruzamos y mi mujer me lo presentó. Yo le agradecí por lo que había hecho, y él me cagó a pedos, qué cómo me había ido dejándolos así. Tenía razón."
"Es una anécdota chiquita, sólo quería decirte que tu viejo era un buen tipo".
Casi 30 años y el viejo vuelve y vuelve. Y siempre me deja el corazón hinchado de orgullo.
"En realidad sólo hablé con él una vez, pero guardo un lindo recuerdo. Mi mujer estaba embarazada y además teníamos a mi hijo mayor chiquito. Vivíamos en un sótano, una oficina, de prestado, sin un mango cuando mi partido me manda a Cuba a hacer un curso. Mi mujer queda en Madrid, sin un mango. No sé cómo tu viejo supo pero se encargó de llevarle leche y comida para ella y mi pibe. Al regreso de Cuba un día nos cruzamos y mi mujer me lo presentó. Yo le agradecí por lo que había hecho, y él me cagó a pedos, qué cómo me había ido dejándolos así. Tenía razón.""Es una anécdota chiquita, sólo quería decirte que tu viejo era un buen tipo".
Casi 30 años y el viejo vuelve y vuelve. Y siempre me deja el corazón hinchado de orgullo.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Palabras escritas por Lyli para un acto homenaje a Tito Paoletti en marzo de 2006

















Por Lylian Santochi de Paoletti


A 30 años del golpe militar que hirió de muerte  al país haciendo desaparecer a miles de compatriotas, obligó al exilio a otros tantos miles, sembrando el terror y destruyendo las organizaciones sociales para instaurar el proyecto de destrucción del que hoy aún vivimos las consecuencias, siguen siendo válidas las banderas que los desaparecidos y represaliados  levantaban por una sociedad más justa y fraterna que permitiera la felicidad del pueblo. Por eso es necesario seguir caminando tras esa utopía y tras ella vamos.

Tito Paoletti fue un militante por esa  sociedad más justa y sus acciones fueron hacer conocer desde las páginas de El Independiente los problemas que sufría La Rioja y alentar la búsqueda de soluciones a esos problemas. Y con la coherencia que caracterizó su vida, en una acción que aún no ha sido comprendida en su verdadera dimensión, motorizó la transformación del diario en una cooperativa de trabajo. Pero no de cualquier forma: la empresa editora del diario donó a la cooperativa todos sus bienes y el nombre de una publicación que tenía ya una historia y prestigio de 11 años. Es necesario reconocer aquí que este mismo espíritu existió en los demás socios de la empresa editora entre ellos Ricardo Mercado Luna, a quien hoy también recuerdan en este acto. 

Después del 24 de marzo de 1976, Tito Paoletti –que estaba en Buenos Aires en ese momento- y su familia vivimos clandestinamente en esa ciudad hasta junio de 1977 cuando partimos al exilio. En ese año participó en la edición de una publicación clandestina que se distribuía mano en mano en la que se denunciaba ya las atrocidades que se estaban cometiendo. En Madrid, Tito integró la Comisión Argentina de Derechos Humanos que denunció en forma permanente los horrores de la dictadura y recibió los testimonios de los sobrevivientes de los campos de concentración que iban llegando a aquellas tierras. Pero siempre estaba el propósito del regreso en cuanto fuera posible. Él regresó al país en octubre de 1983. Su familia los hicimos en diciembre de ese año.

Tito vuelve a La Rioja en 1984 y pide reingresar a la cooperativa -en el puesto que la asamblea decida, proponiendo incluso ser corresponsal del diario en Buenos Aires- y pidiendo a sus antiguos compañeros que no avalaran lo que tuvieron que hacer obligados por los militares. Los socios -los antiguos y los nuevos- de El Independiente COPEGRAF -beneficiarios de aquel gesto de grandeza- rechazaron su reingreso e incluso le pidieron que se retirara del edifico del diario...!! 

Al año de la muerte de Tito recibí una llamada de uno de los socios -"Cachete" Ramírez- diciéndome que querían poner una placa de homenaje a Tito.
Lógicamente me opuse, es más, les prohibí cualquier homenaje mientras no hicieran un reconocimiento público de sus bajezas. Ramírez me dice en un momento que ellos valoraban la tarea de Tito pero no compartían su ideología. 
Yo respondí: Estúpido, es la ideología de Tito la que ha permitido que vos estés donde estás, como socio de la cooperativa de trabajo que él organizó y a la que donó todo lo que tenía por sus convicciones.

Tito Paoletti y su familia aún esperamos justicia. 

viernes, 20 de marzo de 2015

24 de marzo de 1976


Aun no había cumplido los siete años y ese día cambió mi vida para siempre. No secuestraron a mi padre ni a mi madre, ni un hermanito nació en cautiverio pero igual cambió. 

A mi tío se lo llevaron preso, a los amigos de mi papá también. A mi tía la cesantearon, a mi otro tío que vivía en Tucumán, también.
Sobrevivimos todos, a la falta de trabajo, a la prisión, al exilio, a esa condena de crecer lejos de tus primos, de los tíos y de los abuelos.
A nosotros que pudimos irnos a Madrid nos tocó la mejor parte: todos salvos...
¿Pero sanos?

Me llevó años, aun me cuesta, reconocernos en el lugar de víctimas, porque víctima víctima fueron Luly, José y Delia que crecieron visitando a su papá por varias cárceles del país.
Víctima víctima era la familia de la Nena Lanzillotto, con sus dos hermanas y sus respectivos maridos todos desaparecidos, con un sobrino nacido en cautiverio, otro chiquito tratando de entender qué pasaba.
Víctima, víctima era Camilo, de mi misma edad, que primero vio como secuestraban a su mamá y meses después a su papá.
Víctimas todos los demás, nosotros nos habíamos salvado.
Cuando fui madre y mi hijo Joaquín tuvo la edad que mis hermanas tenían cuando salimos corriendo de La Rioja, o cuando tuvimos que aprender un apellido nuevo, o cuando llegamos a un país para nosotros desconocido; recién 20 años después me di cuenta de que esa historia nos atravesaba.
El alma se me estrujó pensando en Elsa y en Sara, tan chiquitas, de 3 y 4 años. Abrazaba a Joaquín pensando en ellas sin pensar que yo también era una nena de 7 años y mis hermanos mayores tenían tan solo 8, 10 y 12.
Es muy difícil pensar en nuestras vidas si nada de eso hubiera sucedido. Sí sabemos cada uno de mis hermanos y yo, lo sabían también mis viejos, que lo que vivimos determinó quiénes somos, en nuestras partes oscuras, incompletas pero también en lo que brilla.
Muchas veces me pregunto, cuando miro fotos de nuestra infancia, si no busco algo de aquello que éramos antes que se hiciera de noche aquel 24 de marzo.

(La foto es de cuando vivíamos en Moreno, y éramos los Fernández)

martes, 3 de febrero de 2015

A la mami


Por Ana Paoletti

Hay días,
casi siempre cuando ha llegado la noche,
y el cansancio me lleva hacia la desazón,
de pronto
el recuerdo de una caricia tan tuya
me habita el alma
y me consuela.
Otra vez tu mano me despeja la frente,
y tus dedos la recorren
mientras me arrimás
la cabeza hacia tu pecho.
Entonces recupero el aliento
y me voy a acariciar a mis hijos,
para que acumulen ternura
y la usen cuando la necesiten.

12 de noviembre de 2010

jueves, 29 de enero de 2015

Mario por Mario


Por Félix Grande*


     El Destino tiene un hermano gemelo: solemos llamarle el Azar. El Destino está desposado con la Fatalidad. El Azar, que de vez en cuando se acuesta con la mujer de su hermano, permanece soltero, pero hace mucho el amor con la Perplejidad, con la Sorpresa y con la Exactitud. Julio Cortázar sostenía que son la pereza, el atolondramiento o el temor quienes nos ponen telarañas en la mirada para que no veamos cómo las comparecencias del Azar se producen de acuerdo con unas leyes tan rigurosas como indescifrables. ¿Encontraría a La Maga? Se echaba a caminar sin rumbo, sin temor al Azar, y acababa encontrando a La Maga. En esta vida quien se azora ante el Azar no encontrará a La Maga. Solemos tener miedo a lo desconocido y eso nos impide compartir nuestro corto tránsito con el Azar y con La Maga. Es un error: deberíamos saltar sin red, pasear sin rumbo y perder el miedo al Azar: de este modo lograríamos llegar a ser lo que la buena educación, y hasta el buen gusto, nos piden que seamos: «perfectos idiotas latinoamericanos»: así es como nos han bautizado cortésmente unos latinoamericanos tan perfectamente listos como para saber poner una vela paleoposmoderna a Karl Popper y otra vela más canosa a Mas Canosa. Pues érase que un día del año pasado, un perfecto idiota latinoamericano a quien el Azar hizo nacer en Alicante y a quien su padre, el señor Rovira, con la cooperación de su esposa, puso de nombre José Carlos, me invitó a participar en este homenaje a Mario Benedetti. Y bien, fíjense: en la madrugada de ese mismo día yo había comenzado a leer la biografía de Benedetti escrita por Mario Paoletti. Agradecí a José Carlos Rovira su invitación, le prometí venir a Alicante con una cuartillas de homenaje a Mario (¿a qué Mario? ¿Benedetti, Paoletti? ¿por qué no a Benepaoledetti?), colgué el teléfono y comprendí que el Azar, que es también parte del nombre de Julio CortÁzar, me había honrado con su visita. Algo bueno, pensé, debo de haber hecho últimamente para que el Azar haya resuelto bendecir mi casa. Lleno del lento orgullo que proporciona el saberse elegido a la vez por la amistad y por el Azar, miré de nuevo la portada del libro. En ella, la cara de Mario Benedetti mira hacia arriba, hacia la izquierda (derecha del espectador: se diría que el lugar de los espectadores podría ser la derecha; se diría que conviene transformarse de espectadores en, por lo menos, testigos); en esa cubierta aparecen unidos los apellidos Benedetti y Paoletti. Me dije: no es nada fortuito: es una formidable decisión del Azar. Mirando esa cubierta me caí en mi propia memoria. Mirando la cubierta de esa biografía de Benedetti por Paoletti, Mario por Mario, caí en el tiempo de mi propia vida latinoamericana. Algún día, susurré, deberías escribir el libro de tu vida latinoamericana. Si el Azar me da tiempo, algún día redactaré ese libro. Ahora deambulaba, sin forzar el rumbo, por mi vida latinoamericana. Vi cómo las oleadas del tiempo hacían crujir las bisagras de la memoria. El tiempo, como una amorosa lengua de buey, limpiaba y empañaba los cristales de las ventanas de mi edad, justo las ventanas que dan al Continente americano. Sentí cómo la melancolía me daba golpecitos en la nuca. El tiempo, escribió Rainer María Rilke, es como la recaída de una larga dolencia. Si uno arrima la palabra dolenciaal Continente americano es muy posible que la siguiente palabra que nos traiga el Azar sea la palabra tortura. En el año 1995 se publicó la edición número treinta y dos de Pedro y el Capitán, una obra teatral pudorosamente escalofriante que Mario Benedetti había escrito sobre el tema de la tortura. En noviembre de 1979 el Gobierno canadiense concedió una visa de refugiado político a Mario Paoletti, con la que pudo solicitar autorización para salir de la Argentina. Para esas fechas a Mario Paoletti ya no lo torturaban.
     «Me llamo Mario Argentino Paoletti Moreno. Tengo 39 años, soy casado y padre de tres hijos. Fui detenido en mi país, la Argentina, el día del golpe militar (24 de marzo de 1976) a las 4 de la mañana, mientras dormía en mi casa, en La Rioja. Una patrulla del Batallón de Ingenieros 141 llamó a la puerta. Mientras un suboficial me apuntaba con su arma, su compañero me dijo que debía acompañarlos. Pregunté si antes podía asearme. 'No vale la pena -respondió el del arma- porque éste es un asunto que no va llevar más de 30 o 40 minutos'. Permanecí detenido durante cuatro años y diecinueve días». Así comienza el informe que Mario Paoletti entregó el día 25 de mayo (día de la Independencia de su país) de 1984 a la Comisión Argentina por los Derechos Humanos (de la que formaban parte su hermano Alipio Paoletti y Julio Cortázar, entre otros) para ser presentado a la Comisión correspondiente de las Naciones Unidas en Ginebra. Es un informe que los presos políticos en la dictadura de Videla (recuerden: muchos miles de desaparecidos) estaban moralmente comprometidos a redactar y hacer llegar a los Organismos Internaciones de Derechos Humanos. Lo que continúa a las líneas que encabezan el informe de Paoletti es un escrito pudorosamente escalofriante. Recuerdo que cuando tuve por primera vez ese informe en mis manos no pude evitar leerlo varias veces seguidas: la abyección de los torturadores, el prodigio de la dignidad del torturado, una dignidad que se alargaba hasta convertirse en una prosa pudorosa, reunían una fuerza de gravedad de la que no era posible apartar ni los ojos ni la conciencia. ¿Cómo pudo aguantar? A Mario Paoletti no lo habían reventado por dos causas: porque es un hombre físicamente muy fuerte y porque la estructura de su moral está construida, como la de Mario Benedetti, con materiales emocionales de primerísima calidad. Recuerdo cómo leí aquel informe: con los codos sobre la mesa y las dos manos sujetándome la cabeza. Leí una vez, otra vez, otra vez. Cuando ya estuve ahíto, cuando noté cómo unas lágrimas civiles me condecoraban la cara, guardé el informe en mis archivos y luego me encerré en mi cuarto para recibir a solas mis recuerdos latinoamericanos. Por ese cordón umbilical que une mi memoria a la historia reciente del Continente hispanoamericano van y vienen entreverados en una misteriosa armonía una multitud de mujeres y hombres, de guitarras y libros, de aeropuertos y risas y vino, de noticias aterradoras, de charlas fraternales que perfumaron centenares de madrugadas, de ciudades colosales y aldeitas habitadas por criaturas ultrajadas por la injusticia y lastimadas por la resignación. Veo enormes proporciones de América recorriendo el pasillo de mi casa. Paco Urondo tocando los libros de mi biblioteca. Rodolfo Walsh derramado en el tresillo y sonriendo a mi mujer, que le trae almendras para el vino. Juan Carlos Onetti maldiciendo para disimular su piedad. Daniel Moyano contándonos cómo raptó a su novia y se la llevó a La Rioja. Veo en La Rioja a Daniel, a los hermanos Paoletti, a Irma, a Lilí, al Toto Guzmán, a Yiyi Alfieri. Veo en La Rioja, junto a Jujuy, ya cerca de Bolivia, con una calor infernal, la rotativa del diario El Independiente, en donde un puñado de periodistas, escritores, pintores, trabajaban en cooperativa y se repartían la pobreza, la alegría y el coraje. Veo a Moyano repasando su diccionario de español-alemán para leer en su idioma a Franz Kafka, allí, a unos centímetros de los Andes. Veo a don Adolfo con su guitarra, admirado y casi cabreado conmigo porque no fue capaz de cantarme un tango que yo no conociera. Veo a Alejandro Paternain y a Benito Milla charlando conmigo en las calles de Montevideo: me veo a mí mismo en esas calles recordando las vidas modestas que dan calor a un libro: Montevideanos. Veo a Onetti tumbado sobre su cama, en pijama, llenando su cuarto de humo de tabaco y mirando con un cariño disfrazado de ironía cómo me chupo los dedos tras comerme el plato de arroz cocinado por Dolly. Veo a Idea Vilariño, que fue mujer de Onetti, en los pasillos de un hotel de La Habana. Veo en ese mismo hotel la figura casi pequeña, sugerida, como escondida en la modestia, de Mario Benedetti. Me ha dejado en el casillero un ejemplar de Gracias por el fuego. He leído la novela nada más tenerla en las manos, en cinco o seis horas de la noche. Muerto de sueño, he bajado y le he dejado en el casillero una nota que dice: Mario, «gracias por el fuego». Veo cómo Julio Cortázar y un tal Félix Grande, que han sido invitados a una reunión de autoridades culturales, al escuchar sonido de guitarras unas habitaciones más al fondo, se levantan, se arriman a una pared, se van deslizando hasta la puerta, desaparecen por arte de magia y aparecen en la habitación donde se divierten quince o veinte críos de dieciocho o veinte años; dos de esos críos son Pablo Milanés y Silvio Rodríguez: esos desalmados me dan una guitarra para que toque flamenco, y con esa guitarra yo no puedo tocar flamenco. Voy corriendo al hotel y me traigo mi guitarra flamenca. Cuando ya hemos mezclado todas las músicas que conocemos son las ocho de la mañana, Julio Cortázar se ha pasado la noche en el suelo, fumando cigarrillos, bebiendo vino y llamando cronopio a todo el mundo como quien distribuye antidiplomas académicos. A las ocho y media salimos corriendo y riendo como chiquillos: la sesión del Congreso empieza a las nueve y vamos a tener que personarnos sin haber desayunado, y veremos si nos da tiempo a pasar por la ducha. Dormir, ni en sueños. Cuando echamos a correr, Silvio nos llama a gritos: ¡Esta noche voy a buscaros al hotel, y te traes la guitarra! ¿Y cuándo voy a dormir? ¡Grita más, que con el aire no se oye! Vale, tío. Veo en las comisiones del Congreso a Rodolfo, a Urondo, a Jorge Enrique Adoum, que habla tan lento y tan bajito que parece darnos la absolución. En el aeropuerto de La Habana, el día de mi regreso, hay varias horas de retraso en el vuelo. Saco del estuche a mi guitarra «Mesalina» y me pongo a tocar en un rincón del aeropuerto. Un hombre casi herméticamente silencioso, de mirada triste y dulce como la que atribuimos a César Vallejo, se sienta a escucharme tocar. Durante tres horas me escucha. Guardo la guitarra en su estuche. El hombre triste y yo nos instalamos juntos en el avión. El hombre triste y silencioso me hace preguntas sobre los orígenes de la música flamenca. Sabe música, sabe mucho sobre folklore. Tiene una forma de hablar en donde la vehemencia queda siempre amortiguada por la cortesía: se llama José María Arguedas. Veo el aeropuerto de Ezeiza en Buenos Aires: Fernando Quiñones y yo hemos hecho un recorrido hispanoamericano para dar conferencias sobre flamenco. Además de dar información a nuestros auditorios les servimos los ejemplos en vivo: Quiñones canta por soleá, por siguiriya, por taranta, por fandangos caracoleros; yo le acompaño a la guitarra. Hemos actuado en Puerto Rico, en Venezuela, en Colombia, en Perú. Antes de concluir nuestro viaje en la Argentina habíamos previsto vivir unos días en Chile, pero ya no podemos entrar en Chile: hace unas semanas Pinochet y la CIA han perpetrado un golpe militar. Por fuerza renunciamos a Chile. Al llegar a Ezeiza, Fernando y yo casi no podemos creer lo que vemos: esperaban nuestra llegada ocho o diez amigos componentes de la revista El Escarabajo de Oro, encabezados por Abelardo Castillo, Sylvia Iparraguirre, Liliana Hecker; nos aguardaban José Carlos Gallardo con una docena de sus alumnas de literatura española; nos aguardaban Urondo y su mujer. Meses atrás Urondo había sido hecho preso. Nos movilizamos en una frenética recogida de firmas. Ahora, en su coche, Urondo me dice que me invitaría a vivir en su casa, pero que no es segura, en cualquier momento puede haber un atentado... Recuerdo perfectamente que a la noche siguiente, en el hotel, ya de madrugada y sin sueño, estuve leyendo un número de la revistaCrisis, que me había obsequiado Eduardo Galeano (mientras acomodo estos recuerdos con un rotulador «Pilot» sobre papel cuadriculado puedo mirar la revista Crisis encuadernada en cinco tomos) y, ya hacia las cuatro de la mañana, releo algunos de los ensayos reunidos en el libroLetras del Continente mestizo, en la primera edición de la Editorial Arca, de 1967. Recuerdo perfectamente que aquella noche, en un hotel de Buenos Aires, poco después del golpe militar en Chile y ya olfateando el golpe militar que dos años más tarde convertiría a la Argentina en uno de los territorios más ensangrentados del mundo, estuve leyendo dos ensayos de ese libro de Benedetti; uno de ellos establece, con una afinadísima inteligencia, las diferentes formas de influencia de las obras de Neruda y de César Vallejo. En el otro, Benedetti elogia las novelas y los ensayos de Ernesto Sábato. Recuerdo cómo me alegró la decencia intelectual de Benedetti en esas páginas. Por entonces había, ¿lo recordáis?, una cosa llamada «El boom de la literatura latinoamericana». La independencia furiosa de Sábato y el marketing político habían dejado fuera los espléndidos libros de Ernesto Sábato. Era una injusticia. Sobre héroes y tumbas tenía ya entonces más traducciones y más lectores que la inmensa mayoría de los libros del «boom». Pero a Sábato se lo ninguneaba de una forma estrepitosa. Era una injusticia. Y allí, en Letras del Continente mestizo, unas páginas de Mario Benedetti reparaban esa injusticia. Reconfortado, dejé el libro en la mesita, apagué la luz y me quedé dormido.     Despierto. Me miro la cabeza blanca. Tengo sesenta años. Mario Paoletti tenía, cuando yo me quedé dormido, poco más de treinta. Me despierto y lo veo con cincuenta y seis y con una irreparable gota de angustia en el fondo de su mirada devastada por la serenidad. Benedetti, que aquella noche en que yo leía sus páginas en Buenos Aires sólo había publicado treinta libros, es ahora un amable Aguafiestas en cuyo rostro de setenta y seis años la pena suaviza a la ironía, y a cuyos setenta libros publicados les han nacido un total de ochocientas noventa y tres ediciones, aproximadamente. ¿Cuándo se conocieron estos dos individuos, cuándo supieron que estaban señalados por el Azar para reunirse en un libro llamado El Aguafiestas Benedetti? No lo sé. Hubo un tiempo en que Benedetti anunciaba que el Uruguay, «la Suiza de América», iba derecha a la catástrofe social, mientras Paoletti miraba con lenta rabia la miseria del interior de la Argentina. Como los dos tenían razón, ambos desembocaron en el exilio. Cuando a uno de ellos comenzaron a torturarlo, el otro ya tenía en la cabeza y sobre la tortura una obra que iba a llamarse El cepo. En diciembre de 1973 me quedé dormido con un libro de Mario Benedetti y un ejemplar de Crisis en la mesita. La crisis y el cepo conmocionaron al Continente mestizo y ahora hago memoria, y cuento con los dedos, y veo cómo el dolor y la muerte se fueron arrimando para formar parte del muro de la Historia. Un día fueron a por Rodolfo; suponemos que lo reventaron; su cadáver no apareció jamás. Urondo: necesitamos creer que fue más astuto: cuando medio centenar de balazos le desfiguraron el cuerpo, Paco ya habría mordido su pastilla de cianuro. Haroldo Conti: nos dijeron que alguien lo vio inválido y descompuesto por el tormento; no apareció nunca, ya lo habrán rematado. Además de la represión, el tiempo y el infortunio ejercieron su propio cepo. Alipio Paoletti regresó del exilio y poco después le estalló el corazón. Don Adolfo ya no canta tangos ni toca la guitarra: se lo llevó la muerte. A Onetti también se lo llevó la muerte, enojada al ver cómo el viejo y áspero compasivo no dejaba ni de beber ni de fumar. A Daniel Moyano lo asesinó un cáncer. A Julio Cortázar lo asesinó otro cáncer. A José María Arguedas lo asesinó el suicidio. ¡Hubo tantas y variadas desgracias! Mario Paoletti y Mario Benedetti debieron de conocerse en alguna pausa del fragor aniquilador de estos tiempos de muchos infortunios y pocas y a veces descabelladas esperanzas. No tengo la menor idea de qué es lo que hablaron en el día de su primera conversación. Sólo sé que con ellos estaba el Azar, que ya desde hacía años venía entreverando sus vidas y que tal vez suspiró con alivio cuando estos dos hombres se estrecharon la mano. Mario por Mario. Lo que quiero decirles a ustedes es que ese libro, El Aguafiestas Benedetti no es sólo una biografía de un Mario redactada por otro Mario. Es también un tornado de memoria continental en donde dos hombres se pasan uno a otro sus recuerdos como si se pasaran el mate. A su lado, la Historia americana pone en el mate agua caliente y remueve la hierba. En silencio se miran uno a otro y sonríen con una pesadumbre apacible. Esa sonrisa es a la vez un epitafio, un homenaje, una lágrima... y una fatigada y obstinada bandera que se pone de pie para asomarse al siglo que ya está llamando a la puerta.

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/mario-benedetti-inventario-complice--0/html/ff1470c0-82b1-11df-acc7-002185ce6064_85.htm