viernes, 3 de julio de 2009

La familia

Por Ana Paoletti


Hubo un tiempo que fue difícil para todos en la Argentina. Cuando el 24 de marzo sonó el toque de queda y comenzó la noche más larga de nuestra historia, la vida de nuestra familia se transformó. De un momento para otro todo se volvió peligroso.
Vivíamos en La Rioja, dejamos la escuela, nuestra vida allá y vinimos a perdernos a Buenos Aires con otros nombres y otro apellido.
Cuando mi viejo era uno de los hombres más buscados en nuestra provincia, cuando la muerte se anunciaba en cada esquina, cuando nos estaban apresando y desapareciendo, la solidaridad apareció en los gestos indispensables.
Mi tío Juan Carlos Rodríguez, comerciante, vecino de Villa Insuperable no dudó en ser el garante de la casa donde vivimos casi un año siendo la familia Fernández, tampoco en pedirle a su socio que no preguntara cuando también ponía el gancho.
Jorge Gutiérrez, otro tío, no vaciló en ofrecer el sótano de su librería para que hiciera de dormitorio cuando a mi viejo se le hacía la noche y no podía llegar a nuestra casa en el oeste de la provincia de Buenos Aires.
La lucha contra la dictadura tiene historias chiquitas como estas, que fueron gestos enormes que nos salvaron la vida, que nos demuestran que no se puede hacer desaparecer la solidaridad.

Rodríguez, Gutiérrez y Fernández. Al final todo quedaba entre gallegos.

* Hoy son 5 años sin el tío Juan Carlos.

2 comentarios:

  1. Ana, es bueno reconocer esos gestos de tus familiares, porque hay otras personas que no contaron con ese tipo de ayuda y a la que les cerraron las puertas sus propios padres, hermanos, amigos... de eso también estuvo hecho la dictadura, pero no la militar, sino la que algunos civiles fortalecieron desde sus actitudes silenciosas e inhumanas...

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  2. La familia siempre estuvo ahí, dando no sólo la solidaridad también el afecto. También de esos tiempos difíciles nacen otros vínculos tan fuertes como los familiares.

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